Giuseppe Garibaldi

 



l 4 de julio de 1807...  nacía Giuseppe Garibaldi, en la ciudad de Niza, hoy francesa, en aquel tiempo perteneciente al reinado del Piemonte, un hombre que dejaría en dos continentes, Europa y América, su impronta de guerrero, valiente y amante de la libertad. Luchó junto a Corrientes por la Libertad y la organización nacional.

Fue llamado el ‘héroe de dos mundos‘. En ellos tendría fervientes admiradores y seguidores y también acérrimos enemigos, hasta en Corrientes, y hasta en la actualidad.

Fue marinero y marino, revolucionario y guerrero, vencedor y vencido, corsario y héroe. Por último, escritor. Sus ‘Memorias‘, escritas en la última etapa de su vida, en la humilde casita de Caprera, rodeado de su huerta que él cultivaba, en un rincón de la bella isla de Cerdeña, sintetizan la grandiosidad de su vida.

La Legión Italiana organizada por él luego del conflicto del gobierno argentino con Montevideo tuvo un valiente desempeño y una gran victoria en Salto, rechazando para sí y sus legionarios recompensa alguna, convencido, como escribió al Presidente uruguayo Fuctuoso Rivera, que ‘era deber de un hombre libre combatir por la libertad en cualquier lugar donde apareciese la tiranía, sin distinción de tierra ni pueblo, porque la libertad es patrimonio de la humanidad‘.

Acompañado por su fiel compañera Anita, retornó en 1848 a su país, para realizar la obra más majestuosa de su vida, tan pobre como había salido, sólo enriquecido por su mayor fortaleza, experiencia, valor, su esposa y sus tres hijos, una niña había muerto a los pocos años de nacer.

En la rica historia rioplatense dijo el doctor Julio María Sanguinetti, “pocos episodios se revisten de la grandeza épica y el heroísmo principista de la Defensa con que Montevideo resiste el cerco de la tiranía rosista, entre febrero de 1843 y octubre de 1851.

Montado sobre el enfrentamiento entre los dos primeros presidentes de Uruguay, los generales Fructuoso Rivera y Manuel Oribe, Rosas intenta subordinar al país del mismo modo que había sometido antes a las provincias argentinas.

Esa época de formidable conflicto aparece a la distancia como una especie de Vietnam criollo, con pasiones vernáculas mezcladas con los intereses de las grandes potencias, en un juego cruzado de fronteras muchas veces difusas.

En ese efervescente caldero, se destacaron con singular relieve las "legiones extranjeras", formadas por inmigrantes que se volcaron al esfuerzo militar de la ciudad sitiada. Entre ellas, la "legión española" del coronel Neyra, la francesa de Thiebaut y la italiana de Garibaldi escribieron páginas novelescas de nuestra historia militar y política.

"El sitio de la Nueva Troya del Plata duró diez años, como el de Ilión -dice Bartolomé Mitre-, pero, más feliz que ella, en vez de caer, triunfó. Dentro de sus débiles murallas, artilladas con los viejos cañones de hierro que servían de postes en sus calles, se salvó la causa de la civilización y de la libertad del Río de la Plata."

Giuseppe Garibaldi, hoy algo desvanecido en el recuerdo de las nuevas generaciones, luchó en esa Defensa bajo el mando del general José María Paz y del coronel Melchor Pacheco y Obes, añadiendo historias heroicas a la fama que ya lo precedía.

Paladín de un ideal de libertad, no fue Garibaldi un teórico, pero encarnó un singularísimo fenómeno de liderazgo, capaz de magnetizar a las masas de todos los horizontes y llevarlas al combate, aun enfrentando insuperables desventajas. Se erigió, así, en el arquetipo del héroe, el "iluminado de la acción", como dice José Enrique Rodó, en el conductor dotado del misterioso don de aparecer como un relámpago y de transformar en victorias hasta sus derrotas.

Si esa fascinación ejerce la figura de Garibaldi en Montevideo, imaginemos hasta dónde llega su aureola, cuando -triunfante la Defensa- parte de nuevo a su patria y lucha contra la ocupación austríaca, combate por una fracasada república romana que reivindica la soberanía italiana frente al Papado, enfrenta y derrota a los ejércitos borbónicos en el sur de Italia y, con sus legiones, consolida la unidad italiana.

El 15 de agosto de 1842 tuvo una aguerrida actuación en la Batalla de Costa Brava en aguas del Paraná, frente a la ciudad de Esquina, donde su flota es derrotada por la escuadra de Guillermo Brown, que actuó por orden de Rosas.

Un mes antes, con cuatro barcos, como comandante de la escuadra “riverista” Jiuseppe Garibaldi había escapado de las fuertes defensas federales instaladas en la Isla Martín García y logró internarse hacia el norte. El 19 de julio se había cañoneado con la goleta “Argentina” y dos lanchones del mayor Juan F. Seguí, logrando continuar su navegación.

Al pasar frente a La Bajada (hoy Paraná) fue cañoneado desde la costa, pero consiguió pasar río arriba. Una bajante del río lo frenó frente a la isla Costa Brava, donde lo alcanzó Guillermo Brown, quien venía en su persecución desde Buenos Aires. Al no poder remontar el río, Garibaldi ordenó desembarcar y fortificarse en la isla. Brown llegó a la isla el 15 de agosto y desde ese momento se enfrentaron en violento combate. Garibaldi incendió sus barcos y los lanzó contra la flotilla de Brown, quien consiguió eludir la embestida. La lucha se prolongó en tierra y dada la superioridad numérica se terminó imponiendo la flota rosista.

Pero Brown no permitió que se persiguiese al enemigo, reconociendo su valor en la defensa de la isla. Garibaldi cruzó riachos e islas y llegó hasta Esquina, donde se hospedó en la casa del coronel Cecilio Carreras; desde allí fue a Santa Lucía y luego regresó a Montevideo.

En Esquina se conserva frente al Palacio Municipal un cañón que perteneció a la escuadrilla de Garibaldi, que fue encontrado en la isla Costa Brava.




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